Patrimonio Histórico – Plus Ultra
Hay una casa en Mar del Plata que lleva el nombre de un vuelo. Y no es una forma de hablar: literalmente, la bautizaron así por un avión.
Estamos parados en la Loma Santa Cecilia, el punto más alto y más viejo de toda la ciudad. Acá arriba, en 1873, Patricio Peralta Ramos mandó levantar una capillita en honor a su mujer. Y un año después, cuando vinieron a trazar las calles de Mar del Plata, usaron esa misma capilla como punto de partida: todo el plano de la ciudad nació mirando hacia acá. Con el tiempo, esta loma también fue cantera —de ella salió buena parte de la piedra que hoy ves en los chalets de todo Mar del Plata— y esas mismas alturas, con vista privilegiada al mar, terminaron atrayendo a quienes querían construirse una casa de veraneo con la mejor vista posible.
Ahí aparece, en 1946, esta casa. Y lo primero que llama la atención, ni bien la mirás, es que tiene tallado en la piedra al Quijote de la Mancha.
De quién la construyó sabemos poco y nada: ni siquiera las fuentes se ponen de acuerdo en su apellido —unas dicen Soca, otras Sosa—. Un ingeniero fantasma que dejó una casa en pie casi ochenta años después y ni un rastro de sí mismo. Lo que sí construyó habla solo: una casa compacta, de tres niveles, pegada a la medianera para robarle hasta el último metro de vista al mar, con una galería de columnas de piedra que sostiene la entrada y se estira hasta armar un balcón arriba.
Ese Quijote de la fachada tiene autor, y es un personaje en sí mismo: Raimundo Catteruccia, escultor y pintor italiano que trabajó por toda la ciudad sin que casi nadie hoy sepa su nombre. Suyo es el mural de la Iglesia Stella Maris, el púlpito tallado de la Capilla del Divino Rostro, un Cristo de bronce gigante que corona la parroquia del puerto desde 1938. Un tipo con obra por todos lados, y del que no sabemos ni cuándo nació ni cuándo murió. Talló acá una escena entera del Quijote y se llevó su propia historia con él.
Y al lado del Quijote, tallada en piedra, está la verdadera identidad de esta casa: Plus Ultra. Más allá. Esa frase viene de lejos —era la divisa de Carlos I de España, la que todavía está en el escudo español—, pero en 1946 tenía un significado mucho más fresco y mucho más argentino. Veinte años antes, en 1926, un hidroavión que se llamaba justo así, «Plus Ultra», había cruzado el Atlántico desde España hasta Buenos Aires. Fue la primera vez que un avión unía los dos países, y en su momento fue tan grande la noticia que hasta Gardel le compuso un tango.
No sabemos por qué el dueño de esta casa, Ángel Huerta, eligió ese nombre. Pero es tentador pensar que, veinte años después de esa hazaña, ponerle «Plus Ultra» a su propia casa era su manera de decir: nosotros también llegamos hasta acá.
Con los años, la casa quedó abandonada. Hoy sigue en pie porque un sindicato de La Plata la compró, construyó un hotel al lado, y la conservó como fachada del conjunto. Abajo funciona un café que lleva el nombre del Quijote. Arriba, un salón se llama, de nuevo, Plus Ultra.
No hay una foto de esta casa recién construida. No sabemos bien quién la hizo. Ni por qué eligieron ese nombre. Pero casi ochenta años después, sigue mirando el mismo mar que cruzó aquel avión. Y esa sola imagen ya vale la pena para no dejarla pasar de largo.
Si te gustó esta historia, quedate por acá: hay muchas casas más en esta ciudad esperando que alguien las mire de nuevo.
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